domingo, 30 de mayo de 2010

Quebrado

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Sable. Como si un sable me atravesara, eso fue lo que sentí. Nunca he sido atravesada por un sable. Pero esa fue la imagen que mi cabeza creó. Del sable, vino un intenso dolor y perdí el conocimiento.

Jirones. Cuando abrí los ojos todo estaba hecho jirones. Estaba en una habitación circular. No había ventanas. No había puertas. Y todo estaba destrozado. Miré los vestigios que quedaban de lo que antes debió haber sido la habitación de una niña.
Ya no sentía dolor. Me incorporé y recorrí el lugar. Había pedazos de vidrios en el piso. ¿Alguien habría peleado? No, debió haber sido algo más.
"Un descargo de frustración", pensé al ver la silla de madera blanca que seguramente fue arrojada contra la pared. Había juguetes, o al menos, pedazos de ellos. Encontré una fotografía. Era de dos personas, el lugar donde debía estar el rostro de una estaba quemado. Cuando miré a la otra persona, me quedé helada. Era yo. No recordaba haberme tomado aquella fotografía.
Y entonces me di cuenta de todo.
Lo recordé a él.
Aquella habitación era el lugar en el que creí haber vivido cuando estuve a su lado. Me sentía una princesa. Aquella era la habitación de una princesa, lo que quedaba de ella. O mejor dicho, lo que yo dejé de la habitación de la princesa después de enterarme de su traición.
El dolor había regresado.
No había sido causado por el sable. El engaño de él era lo que me había herido.

Sentí náuseas, asco, del lugar, de él y de saber que sus acciones me pueden dejar desarmada, destrozada. Darme cuenta de todo, recordar. Sentía desmoronarme, caerme a pedazos como la habitación en la que estaba.

Quebrada, mi vida. Mi mundo estaba quebrado.

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