El chocolate le gustaba, y le gustaba con ganas. Era la droga que más efecto tenía en ella, no es que fuera una adicta… bueno, tal vez sí. La verdad, nunca entendí por qué le gustaba tanto, ¿Qué puede haber en ese chocolate además de teobromina y azúcar? No la entendía. Ella estaba sentada en la barra de la cocina, una humeante taza de chocolate entre las manos, los ojos cerrados, soplaba el líquido con los labios. Se veía feliz, tranquila, relajada.
– ¿Por qué te gusta tanto el chocolate? – Le pregunté. Abrió los ojos, me miró, y sonrió.
– Oh, es que este no es un chocolate cualquiera, es chocolate mágico.
Si creía que le iba a creer, estaba muy, pero muy equivocada.
– El chocolate mágico no existe. – Le dije muy convencida de ello.
– ¿Estás segura? – Me miraba risueña.
– ¡Segura!
– ¿Qué te hace pensar que el chocolate mágico no existe? – Ya no me veía a mí, ahora veía la taza.
– La magia no existe.
– ¿Segura?
Detesto que hable usando sólo preguntas.
– Segura. – Le contesté.
– Eso lo dices porque nunca has probado el chocolate que tu tía Fifí prepara.
Ah, sí, lo olvidaba, aparte de utilizar preguntas en el ochenta por ciento de sus diálogos, mi tía Filomena también habla en tercera persona. Una retorcida idea que tiene, cree que así luce más tierna, más joven. Pero no seré yo quien la desmienta, si la tía Filomena es feliz ¿Para qué robarle el gusto? Ella está bien como es, medio chiflada, pero está bien.
Dio un salto del banco en el que estaba y me sirvió una humeante y generosa taza.
– Bebe, querida. – Fue lo que me dijo.
Y bebí.
El chocolate mágico existe.
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