domingo, 30 de mayo de 2010

Libertad

“Libertad” Es la palabra que ronda por mi mente y me atormenta día tras día. ¿Qué es la libertad? ¿Cómo se siente? Yo no lo sé ¿Lo sabes tú?

Soy prisionera de esta torre desde que tengo memoria, soy una princesa cautiva que espera a un príncipe que la rescate. Pero mi salvador parece no llegar ¿Qué estará haciendo?

“Libertad” ¿A qué sabrá esa palabra? Cuando estoy aburrida –casi todo el tiempo me gusta imaginar su sabor ¿Será salado? ¿Ácido? ¿Picante? ¿Amargo? ¿Dulce? Me gusta creer que es dulcemente amarga.

Los días pasan y pasan, mi cautiverio continúa y yo sigo sin ver el fin a mi tiempo de prisión…

Hoy ha sido un día diferente, incluso yo me siento diferente, no sé, nunca había sentido esto antes, este extraño sentimiento comenzó hoy por la mañana desde que un pequeño pajarito entró por la ventana de mi torre. Al principio sentí un poco de lástima por él, una vez que entras aquí jamás puedes salir a menos que alguien venga a rescatarte; después me sentí un poco culpable porque en el fondo me alegró saber que tendría compañía. Pero lo que sucedió después realmente me sacó de mis casillas. El ave desplegó sus alas y como si fuera lo más natural del mundo emprendió el vuelo y salió por la ventana.

¿Por qué él sí logró salir? ¿Por qué sigo yo aquí? ¿Por qué él es libre?
Y como si fuera una revelación unas palabras cruzaron por mi mente y me dejaron en shock:
“Porque él realmente intentó salir sin importarle nada más. Él sólo quería salir.”

Mis ojos se dirigen hacia la puerta…

¿Podré abrirla? La duda se apodera de mi ser.

“…intentó salir sin importarle nada más…”

¡Al diablo con mis miedos! Ya he temido por mucho tiempo, ¡Es suficiente!
Camino hacia la puerta, tomo la perilla con mi mano. Mi respiración se acelera. Estoy a un giro de la libertad. A un solo movimiento.

Giro la perilla…

¿Qué es la libertad? ¿Cómo se siente? Ahora lo sé ¿Lo sabes tú?

Luces de Colores

Está oscuro ¿Dónde demonios estoy?... No tengo ni la menor idea…
Trato de recordar, muchas imágenes vienen hacia mí: un grito de mujer, una sensación de parálisis total, una luz y el sonido de algo que se rompía… y frío, mucho frío. La oscuridad se aclara un poco, ¿Qué es eso? ¿Un accidente? Sí, eso es, hay muchas personas alrededor y unas mujeres lloran.

– Pero es que yo lo vi, grité, pero él ya no reaccionó a tiempo – Lloraba una mujer mientras otras trataban de consolarla.

Me acerco un poco más hacia donde estaba el cuerpo, los paramédicos alejan a la gente, dijeron algo parecido a que ya no se podía hacer nada por el chico del accidente. A lo lejos distingo a mi hermana.

– ¡Marianne! ¡Aquí estoy! – Grito con todas mis fuerzas y exagero algunos movimientos para que me vea, pero no lo hace. Ahora me fijo bien, está llorando – ¿Marianne? ¿Qué sucede? – Pregunto temeroso al ver las lágrimas deslizándose por su rostro, pero no me escucha. Me acerco lentamente, con miedo. Mi hermana está llorando sobre el cadáver… Y grita mi nombre…

Veo mi rostro en el rostro del desdichado que murió ¡Soy yo! ¡Yo soy el muerto! No puede ser, esto no está pasando.

– Esto sí está pasando, de hecho, ya pasó – Dijo una suave voz. Volteo, a mi lado está una hermosa joven, toda vestida de negro, hay algo parecido a unas luces de colores a su alrededor, es hermosa, no sé cómo describirla. No encuentro palabras, y sus ojos, sus ojos parecen tener todos los colores, y también parecen no tener ninguno.
– Tengo que volver – Digo más para mí que para la joven, corro hasta donde yace mi cuerpo inerte y salto, esperando que mi alma entre en él, pero no, tan sólo quedé como el idiota que era, un idiota que se había tirado a propósito y ahora estaba en el piso. La chica continúa viéndome ¿Curiosa?
– ¿Por qué hiciste eso? – Me preguntó con una curiosidad desbordante mientras yo me levantaba.
– Porque quiero regresar a mi cuerpo ¡Tengo que recuperar mi vida! ¡Marianne me necesita!
– Imposible.
– ¿Qué dices?
– Imposible – Repitió serenamente.
– ¿Cómo estás tan segura?
– He visto a muchos hacer lo mismo que tú, nadie lo ha logrado. No hay errores respecto a la muerte, ella nunca se equivoca – Su voz permanecía tranquila, imperturbable.

Siento como si mis piernas no pudieran sostenerme más, caigo de rodillas, me siento frustrado, aprieto con fuerza mis puños contra el frío pavimento de la calle, tan llena y tan vacía a la vez. La desesperación se lee en mi rostro y la joven logró verla, se arrodilló a mi lado, yo seguía junto a mi hermana y mi cadáver… Mi cadáver, jamás imaginé que algún día diría eso.
– No te aferres más a una existencia que ya no tienes – Me dijo dulce y severamente.
– Entonces ¿Qué hago? – Pregunté desesperado.
– Ven, sígueme.
– ¿Adónde?
– Al único lugar al que puedes ir ahora, algunos humanos gustan llamarlo “Cielo”, “El más allá”, aunque tan sólo sea otro lugar.

Me quedé estático y en ese momento presté atención a las luces de diferentes colores que revoloteaban alrededor de la joven, parecían pequeñas luciérnagas.

– ¿Y bien? – Me preguntó algo impaciente la chica, mientras mantenía una ceja alzada – ¿Qué estás esperando?
– ¿Para qué?
– Para transformar la forma de tu alma – Dijo señalando una de las lucecitas que revoloteaban a su alrededor.
– ¿Y cómo hago eso? – Pregunté dubitativo.
– ¿Cómo voy a saberlo? Se supone que eres un espíritu, tú debes de saberlo – La chica estaba perdiendo la paciencia – Date prisa, no tenemos tiempo ¿Sabes?, hay más almas que recoger.

Una de las luces de colores se acercó al oído de la joven, la muchacha asintió y la luz rosa se acercó a mí, retrocedí un poco.

– No tengas miedo – Una dulce voz de mujer resonó en el viento – Relájate, olvida todo y piensa en un color.
– ¿Qué color? – Le pregunté.
– El que llegue primero a tu mente – Dicho esto, la luz regresó a  ocupar su lugar en el grupo.

Sin saber cómo, hice lo que la luz había dicho, cerré los ojos y visualicé un color. Verde. Verde, como las plantas favoritas de mamá, verde, como mis manzanas preferidas y verde… como el color de los ojos de Marianne.

Me sentí bastante ligero y hasta cierto punto, libre. Ahora era una luz como las otras, me uní al grupo. La dama de negro sonrió.

– Lindo color – Murmuró – Tu alma es verde.

La joven comenzó a caminar, mirando siempre hacia el frente, el semblante sereno y la mirada llena de paz.

– ¿Cómo te llamas? – Dije cerca de su oído.
– Tengo muchos nombres, en tu país me llaman Muerte – Me contestó tranquilamente.
– Ah, yo soy Gabriel – Me presenté, ella asintió lentamente y mantuvo la mirada al frente, continuó guiando a las luces de colores hacia ese otro lugar al que debían ir, como seguramente lo había hecho antes, como lo hacía ahora y como lo haría eternamente… Por siempre.

Quebrado

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Sable. Como si un sable me atravesara, eso fue lo que sentí. Nunca he sido atravesada por un sable. Pero esa fue la imagen que mi cabeza creó. Del sable, vino un intenso dolor y perdí el conocimiento.

Jirones. Cuando abrí los ojos todo estaba hecho jirones. Estaba en una habitación circular. No había ventanas. No había puertas. Y todo estaba destrozado. Miré los vestigios que quedaban de lo que antes debió haber sido la habitación de una niña.
Ya no sentía dolor. Me incorporé y recorrí el lugar. Había pedazos de vidrios en el piso. ¿Alguien habría peleado? No, debió haber sido algo más.
"Un descargo de frustración", pensé al ver la silla de madera blanca que seguramente fue arrojada contra la pared. Había juguetes, o al menos, pedazos de ellos. Encontré una fotografía. Era de dos personas, el lugar donde debía estar el rostro de una estaba quemado. Cuando miré a la otra persona, me quedé helada. Era yo. No recordaba haberme tomado aquella fotografía.
Y entonces me di cuenta de todo.
Lo recordé a él.
Aquella habitación era el lugar en el que creí haber vivido cuando estuve a su lado. Me sentía una princesa. Aquella era la habitación de una princesa, lo que quedaba de ella. O mejor dicho, lo que yo dejé de la habitación de la princesa después de enterarme de su traición.
El dolor había regresado.
No había sido causado por el sable. El engaño de él era lo que me había herido.

Sentí náuseas, asco, del lugar, de él y de saber que sus acciones me pueden dejar desarmada, destrozada. Darme cuenta de todo, recordar. Sentía desmoronarme, caerme a pedazos como la habitación en la que estaba.

Quebrada, mi vida. Mi mundo estaba quebrado.

Chocolate Mágico

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El chocolate le gustaba, y le gustaba con ganas. Era la droga que más efecto tenía en ella, no es que fuera una adicta… bueno, tal vez sí. La verdad, nunca entendí por qué le gustaba tanto, ¿Qué puede haber en ese chocolate además de teobromina y azúcar? No la entendía. Ella estaba sentada en la barra de la cocina, una humeante taza de chocolate entre las manos, los ojos cerrados, soplaba el líquido con los labios. Se veía feliz, tranquila, relajada.
– ¿Por qué te gusta tanto el chocolate? – Le pregunté. Abrió los ojos, me miró, y sonrió.
– Oh, es que este no es un chocolate cualquiera, es chocolate mágico.
Si creía que le iba a creer, estaba muy, pero muy equivocada.
– El chocolate mágico no existe. – Le dije muy convencida de ello.
– ¿Estás segura? – Me miraba risueña.
– ¡Segura!
– ¿Qué te hace pensar que el chocolate mágico no existe? – Ya no me veía a mí, ahora veía la taza.
– La magia no existe.
– ¿Segura?
Detesto que hable usando sólo preguntas.
– Segura. – Le contesté.
– Eso lo dices porque nunca has probado el chocolate que tu tía Fifí prepara.
Ah, sí, lo olvidaba, aparte de utilizar preguntas en el ochenta por ciento de sus diálogos, mi tía Filomena también habla en tercera persona. Una retorcida idea que tiene, cree que así luce más tierna, más joven. Pero no seré yo quien la desmienta, si la tía Filomena es feliz ¿Para qué robarle el gusto? Ella está bien como es, medio chiflada, pero está bien.
Dio un salto del banco en el que estaba y me sirvió una humeante y generosa taza.
– Bebe, querida. – Fue lo que me dijo.
Y bebí.
El chocolate mágico existe.

No eres real

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 “Hey… Hey…”
El duendecillo había vuelto a aparecer.
“¡HEY! ¿Me estás ignorando? ¿Qué pretendes?”
Y continuó ignorándolo.
“Sabes que me escuchas, no te hagas el sordo”
El duendecillo se estaba enojando, o al menos, lo intentaba. No era bueno enojándose.
– No te escucho.
“Curioso, siempre terminas contestándome, pero si dices que no me escuchas no me importa… siempre y cuando me respondas”
– No te escucho.
Esperaba que repitiéndolo una y otra vez pudiera terminar por creérselo. No funcionaba mucho.
“¿Estás seguro? ¿Por qué no me escuchas?... O mejor aún ¿Por qué no quieres creer que me escuchas?”
– Déjame en paz.
El duendecillo sonreía. Casi siempre lo hacía.
– Eres un invento mío, estás en mi cabeza y por eso no existes. No eres real.
“¿No? Si no soy real, ¿Cómo es que me puedes oír?”
– No te oigo.
“¿Estás seguro?”
Lo dudó, por un segundo, pero lo hizo. Y eso marcó el triunfo para el duendecillo quien ahora celebraba entre silbidos y saltos.
“Hey… Hey…”
– ¿Y ahora qué quieres?
“¿Te cuento un secreto?”
–No puedes contarme secretos.
“¿Por qué no?”
Al duendecillo le gustaba contar secretos. Cuando no había secretos que contar, los inventaba.
– Porque tú eres un invento mío, ya te lo dije, no sabes nada que yo no sepa ya.
“Ah… Entonces, ¿Te puedo contar un secreto?”
Si el duendecillo nunca se rendía, hoy no empezaría.
–Te digo que entre tú y yo no puede haber secretos.
“¿Apostamos?”
Sonreía, y ahí estaba el destello socarrón en su mirada, la mirada de alguien que se sabe invicto.
– Me dices tu secreto y te callas ¿Estamos?
“Estamos…”
Y se quedó callado.
“Hey… Hey…”
Ahí iba de nuevo.
– ¿Qué pasó?
Las cosas se hacían como el duendecillo quería. Su condición de ‘inexistente’ era relativamente cuestionada en esos momentos.
“¿Te cuento un secreto?”
– Cuéntame.
“Pero no le digas a nadie, ¿Lo prometes?”
– Lo prometo.
“Eso que llamas ‘realidad’ es una mentira, no existe. Como yo”.
Y estalló en risas.