Para Juan, el rey de este cuento.
Vacaciones, en tiempo en el que la familia se reúne el tiempo en el que se ven las caras de nuevo, el tiempo en el que crean nuevos recuerdos.
Juan adoraba las vacaciones, hacía muchos años que creyó haber vivido lo suficiente, y hacía unos pocos que había descubierto que se había equivocado. La vida no se acaba hasta que se acaba. Juan tenía ochenta y tantos años, casi noventa. Tenía una buena esposa, Elisa; hijos, nietos y bisnietos. Y entre sus bisnietos había dos pequeñas niñas, dos que hacían a su corazón saltar de alegría. No podía evitarlo, de entre toda su descendencia había algo en esas pequeñas, una chispa en esos ojos de mirada traviesa, algo que daba más color a los días. Juan esperaba ansioso la llegada de las niñas, que vivían muy lejos, al menos para él. Sólo podía verlas en vacaciones, cuando sus padres no trabajaban. Por esos días de verano Juan pasaba más tiempo sentado en la sala, con la vista fija en la puerta, esperando, pacientemente esperando. Esperaba a que la alegría llamara a su puerta.
– ¡Abuelito! ¡Abuelito! ¡Aquí estamos! – Se oyeron unas infantiles voces. Juan casi saltó del sofá. En el marco de la puerta, a través de la malla negra, distinguió las siluetas de sus dos bellas pequeñas de 3 y 5 años y a toda la velocidad que sus rodillas le permitieron se acercó a abrir la puerta.
– ¡Abuelito! – Exclamaron las niñas y se abalanzaron sobre su bisabuelo.
– ¡Elisa! – Llamó el anciano a su esposa – ¡Ya llegaron mis princesas!
Sí, esas niñas eran sus princesas. Ellas fueron la bendición que le devolvió la vitalidad a su corazón, eran las princesas de sus dominios, desde el árbol de limones y la vieja pingüica hasta el naranjo que estaba al doblar la esquina; juntos derrotaron al dragón de la edad, juntos conquistaron la alegría de la vida.
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