Está oscuro ¿Dónde demonios estoy?... No tengo ni la menor idea…
Trato de recordar, muchas imágenes vienen hacia mí: un grito de mujer, una sensación de parálisis total, una luz y el sonido de algo que se rompía… y frío, mucho frío. La oscuridad se aclara un poco, ¿Qué es eso? ¿Un accidente? Sí, eso es, hay muchas personas alrededor y unas mujeres lloran.
– Pero es que yo lo vi, grité, pero él ya no reaccionó a tiempo – Lloraba una mujer mientras otras trataban de consolarla.
Me acerco un poco más hacia donde estaba el cuerpo, los paramédicos alejan a la gente, dijeron algo parecido a que ya no se podía hacer nada por el chico del accidente. A lo lejos distingo a mi hermana.
– ¡Marianne! ¡Aquí estoy! – Grito con todas mis fuerzas y exagero algunos movimientos para que me vea, pero no lo hace. Ahora me fijo bien, está llorando – ¿Marianne? ¿Qué sucede? – Pregunto temeroso al ver las lágrimas deslizándose por su rostro, pero no me escucha. Me acerco lentamente, con miedo. Mi hermana está llorando sobre el cadáver… Y grita mi nombre…
Veo mi rostro en el rostro del desdichado que murió ¡Soy yo! ¡Yo soy el muerto! No puede ser, esto no está pasando.
– Esto sí está pasando, de hecho, ya pasó – Dijo una suave voz. Volteo, a mi lado está una hermosa joven, toda vestida de negro, hay algo parecido a unas luces de colores a su alrededor, es hermosa, no sé cómo describirla. No encuentro palabras, y sus ojos, sus ojos parecen tener todos los colores, y también parecen no tener ninguno.
– Tengo que volver – Digo más para mí que para la joven, corro hasta donde yace mi cuerpo inerte y salto, esperando que mi alma entre en él, pero no, tan sólo quedé como el idiota que era, un idiota que se había tirado a propósito y ahora estaba en el piso. La chica continúa viéndome ¿Curiosa?
– ¿Por qué hiciste eso? – Me preguntó con una curiosidad desbordante mientras yo me levantaba.
– Porque quiero regresar a mi cuerpo ¡Tengo que recuperar mi vida! ¡Marianne me necesita!
– Imposible.
– ¿Qué dices?
– Imposible – Repitió serenamente.
– ¿Cómo estás tan segura?
– He visto a muchos hacer lo mismo que tú, nadie lo ha logrado. No hay errores respecto a la muerte, ella nunca se equivoca – Su voz permanecía tranquila, imperturbable.
Siento como si mis piernas no pudieran sostenerme más, caigo de rodillas, me siento frustrado, aprieto con fuerza mis puños contra el frío pavimento de la calle, tan llena y tan vacía a la vez. La desesperación se lee en mi rostro y la joven logró verla, se arrodilló a mi lado, yo seguía junto a mi hermana y mi cadáver… Mi cadáver, jamás imaginé que algún día diría eso.
– No te aferres más a una existencia que ya no tienes – Me dijo dulce y severamente.
– Entonces ¿Qué hago? – Pregunté desesperado.
– Ven, sígueme.
– ¿Adónde?
– Al único lugar al que puedes ir ahora, algunos humanos gustan llamarlo “Cielo”, “El más allá”, aunque tan sólo sea otro lugar.
Me quedé estático y en ese momento presté atención a las luces de diferentes colores que revoloteaban alrededor de la joven, parecían pequeñas luciérnagas.
– ¿Y bien? – Me preguntó algo impaciente la chica, mientras mantenía una ceja alzada – ¿Qué estás esperando?
– ¿Para qué?
– Para transformar la forma de tu alma – Dijo señalando una de las lucecitas que revoloteaban a su alrededor.
– ¿Y cómo hago eso? – Pregunté dubitativo.
– ¿Cómo voy a saberlo? Se supone que eres un espíritu, tú debes de saberlo – La chica estaba perdiendo la paciencia – Date prisa, no tenemos tiempo ¿Sabes?, hay más almas que recoger.
Una de las luces de colores se acercó al oído de la joven, la muchacha asintió y la luz rosa se acercó a mí, retrocedí un poco.
– No tengas miedo – Una dulce voz de mujer resonó en el viento – Relájate, olvida todo y piensa en un color.
– ¿Qué color? – Le pregunté.
– El que llegue primero a tu mente – Dicho esto, la luz regresó a ocupar su lugar en el grupo.
Sin saber cómo, hice lo que la luz había dicho, cerré los ojos y visualicé un color. Verde. Verde, como las plantas favoritas de mamá, verde, como mis manzanas preferidas y verde… como el color de los ojos de Marianne.
Me sentí bastante ligero y hasta cierto punto, libre. Ahora era una luz como las otras, me uní al grupo. La dama de negro sonrió.
– Lindo color – Murmuró – Tu alma es verde.
La joven comenzó a caminar, mirando siempre hacia el frente, el semblante sereno y la mirada llena de paz.
– ¿Cómo te llamas? – Dije cerca de su oído.
– Tengo muchos nombres, en tu país me llaman Muerte – Me contestó tranquilamente.
– Ah, yo soy Gabriel – Me presenté, ella asintió lentamente y mantuvo la mirada al frente, continuó guiando a las luces de colores hacia ese otro lugar al que debían ir, como seguramente lo había hecho antes, como lo hacía ahora y como lo haría eternamente… Por siempre.