–Eres una princesa.– Decía mientras sonreía con aquellos dientes amarillos que tanto asco le daban.
En un principio se había creído eso, y fue eso lo que la condenó por el resto de su vida. Aún se arrepiente por haberse dejado convencer, no vio las intenciones detrás de las palabras dulces.
Las oscuras intenciones.
Ella no era una princesa.
Una princesa no estaba amarrada a una silla.
Era la esclava. Un rehén sin oferta de rescate.
De ese psicópata.
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