martes, 22 de febrero de 2011

¿Y qué?

¿Y qué si era una inútil? Todo era culpa de él. Él que le infundía miedos, él que la perseguía con sus palabras filosas e hirientes. Por temor a sus reproches ella era como era: sumisa, callada, retraída, muda. Le había aguantado tantas cosas, tantos desplantes y malos tratos. ¿Qué podía hacer? Era ella sola contra el mundo, contra la sociedad donde los hombres dictaban leyes no escritas. Seguro había más mujeres como ella. Debía de haberlas. Pero no las conocía, nadie lo hacía. Sus pensamientos eran un secreto que ni después de la tumba llegaría a oídos ajenos. No, toda ella, emociones y sueños, estaba encerrada en un cofre bajo llave.
       Ahí iban otra vez.
La figura de su marido se erguía imponente sobre la frágil de ella. Ella tenía miedo, y resignación. Ya no albergaba su corazón esperanza alguna de recibir etéreas muestras de afecto. Después de tantos años de llevar aquélla austera sortija de oro en su dedo, ¿cuántos eran ya? Él seguro que no lo recordaba, él había dejado de contar después de la segunda década. Para ella era difícil no olvidar la cuenta, la cifra llegaba sola a su mente, recordándole que su vida drenaba con cada día, que cada vez era más vieja. Que con cada nueva mañana sus oportunidades de salir corriendo eran cada vez más un imposible. A la hora de la comida miraba con nostalgia la mesa, miraba asqueada a la falta de conversación y al infernal ruido que hacían los cubiertos. Casi nunca comían juntos, ella esperaba a que él terminada y estuviera satisfecho, que nunca algo le faltara. Mientras lo veía comer, recordaba los viejos tiempos en los que ella era una jovencita y tenía a sus cuatro hijos en casa. Él casi nunca estaba, marchaba al ferrocarril a ganar el dinero para mantener a la familia. La mujer recordó el alboroto que hacían sus hijos al comer, las risas, el recuento de lo sucedido en el día, hasta las peleas entre los infantes se le antojaban tan lejanas. Cómo echaba de menos todo lo que ya había pasado y ahora estaba fuera de su alcance. El peso de los años hacía que todos aquellos recuerdos fueran como un sueño borroso, distante y difuso. Él terminaba la comida, dejaba el plato en la mesa, y sin decir nada, se iba a algún lado: la recámara, el patio, la sala o algún otro. Y ella se quedaba sola de nuevo. Levantaba el plato, lo enjuagaba y se sentaba a comer, terminaba su comida, levantaba el plato, lo enjuagaba y hacía lo que tuviera pendiente de los quehaceres, el trabajo en una casa tan grande nunca cesaba. Era ella contra el paso del tiempo y el polvo que se acumulaba en los rincones. Siempre ella contra algo. Siempre ella, sola. Por la noche ella seguía entregada a sus labores como ama de casa esperando, vanamente, ofrecerle algo de distracción a su mente, descanso a su tormento. Los resultados eran cada vez menos efectivos. Quizás era culpa de la vejez. Ya no era lo mismo, los recuerdos se apilaban unos contra otros, formados en línea, esperando el turno para pasearse por su cabeza.
Es entonces que él sale de la habitación que comparten desde hace tanto, se le acerca medio arisco y arroja el ofrecimiento al aire, más como parte del compromiso que otra cosa.
— ¿No quieres ver la televisión?
— Voy en un rato más.
Y él ya no volvía a insistir. Ella termina por olvidar la invitación y él no llama de nuevo. Sin embargo, cuando ella entra a la recámara, él le hace un espacio en la cama, en un torpe movimiento le arregla las sábanas y coloca la almohada como a ella le gusta. Ella sonríe como en antaño... Eso había sido, gestos como esos eran los que le recordaban el por qué se había casado. No siempre eran suficientes para seguir, pero al menos eran mejor que nada.

Aún lo amaba. 
No conocía un querer diferente que el que le enseñó la costumbre. 
¿Y qué si era una tonta?